La leyenda de los incunables: los primeros libros impresos de la historia

La Universidad de Barcelona tiene 1.240 incunables. Se consultan en una sala vigilada y no se pueden hojear.

Foto: Javier Luengo

Ha pasado 24 años entre incunables. Sigilosa cuando habla y cuando camina, la bibliotecaria empuja un carrito por los pasillos del edificio histórico de la Universidad de Barcelona (1889) con los seis ejemplares habitualmente guardados bajo llave en el CRAI (Centro de Recursos para el Aprendizaje y la Investigación) Biblioteca de Reserva que ha sacado para enseñarnos.

Son libros amarillentos, grandes y pequeños, con tapas de las que ha desparecido parte de la encuadernación. Cuadernos de hojas cosidas con caracteres en latín que ejercen un extraño poder de atracción. ¿Será por la leyenda creada por El nombre de la rosa, de Umberto Eco? ¿O por tener al alcance de la mano el mismo papel que imprimieron y tocaron sabios de hace casi 600 años?

«No se pueden tocar», nos advierte como si leyera nuestro pensamiento la bibliotecaria, que no quiere que en este texto aparezca su nombre real porque lo importante de nuestra visita, afirma, son estos libros de valor incalculable. La institución guarda entre sus paredes 1.240 incunables que comprenden 830 ediciones, muchas de ellas únicas en España o en el mundo, lo que la sitúa como una de las colecciones más importantes de Europa. De forma excepcional, acepta abrir sus puertas a un medio de comunicación.

El Centro de Recursos para el Aprendizaje y la Investigación gestiona los fondos



Los incunables son los primeros libros impresos de la historia, desde los albores de la imprenta en 1450 hasta el 1 de enero de 1501. Prácticamente todos los de la UB provienen de los conventos expropiados durante la desamortización de Mendizábal, en 1835. Se pueden consultar tras dejar un documento de identidad en depósito, en una sala vigilada por cámaras de seguridad y por personal de la biblioteca. En el caso de copias valiosas se permite su examen sólo en circunstancias excepcionales.

En la entrada hay una taquilla para dejar todas las pertenencias personales, salvo un lápiz -nunca un bolígrafo- y una cuartilla de papel si se quieren tomar apuntes. «A algunos de los libros les faltan mapas, a otros las letras capitales. Muchas están hechas con una fina lámina de oro...», sigue nuestra guía. Las normas están pensadas para respetar al máximo la integridad de los documentos. Ni siquiera ella quiere arriesgarse a volver a casa con un trozo de historia bajo las uñas: las lleva cortas y ningún anillo ni pulsera.

Aquí las joyas están en las estanterías, y entre ellas destaca el libro que nos enseña: el Orator de Cicerón, la primera obra impresa en Italia (1465) y fuera de Alemania. Aunque prefiere no hablar de su valor económico, lo cierto es que en Christie's se han llegado a subastar incunables por más de un millón de euros. El Orator ha perdido su encuadernación original, no como el voluminoso libro con tapas de madera y restos de un material verde que muestra a continuación. «Son las Decretales de Gregorio IX. Fueron impresas en Venecia en 1475 por Nicolas Jenson, francés conocido por sus tipos puros y perfectos. En la revolución gráfica del siglo XIX hubo una vuelta a los orígenes, y los que diseñaron nuevos tipos de letras volvieron a gente como él». Jenson fue el inventor de la primera tipografía romana, y su trabajo ha sobrevivido hasta hoy gracias a Adobe, que sacó la familia Adobe Jenson Pro. «Está impreso en vitela, un pergamino muy fino hecho de la piel de animales no nacidos o recién nacidos. Aquí está el escudo del propietario, cuya identidad aún desconocemos».

'Ars Brevis', una de las joyas de la colección



Los márgenes de las páginas están repletos de coloridas decoraciones en estilo gótico. Primero se realizaban a mano los moldes de las letras, que después se rellenaban con una aleación de plomo y estaño para fabricar las tipos. Luego se componían los textos en unos pequeños contenedores rectangulares, se impregnaban con tinta, se colocaba el papel y se prensaba. En caso de la impresión con tinta negra y roja era necesarios dos golpes. Y así página tras página. Las capitales -una de las características de los incunables- y otros detalles se pintaban a mano.

Otra reliquia es el Ars Brevis de Ramón Llull, impreso por el alemán Peter Brun, uno de los muchos que emigraron a Cataluña para desarrollar el oficio. No es de extrañar el mimo con el que la bibliotecaria trata estos ejemplares, aunque se traten de apenas unas hojas. «Ésta está hecha polvo, queda esto, pero se trata de una edición única en el mundo», explica sobre la siguiente obra. Se trata de De Mirabilibus Mundi, un libro de magia popular de finales del siglo XV. «Normalmente los incunables tratan temas religiosos, pero también los tenemos sobre demonología, alquimia, libros que han sido prohibidos por la Inquisición, censurados...». Y, como si volviera a leer nuestro pensamiento, matiza: «Pero lo de El nombre de la rosa es fantasía».

Fuente: El Mundo

Véase además:

Universitat de Barcelona

Comentarios

  1. Excelente nota, nos despierta la intriga de los misterios de "los incunables"
    Gracias por compartir

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  2. Lo del nombre de la Rosa es fantasia...eso si muy cercana a la realidad.

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  3. Gracias por tan interesante artículo. Me gustaría observar estos tesoros de incunables..Saludos desde Venezuela...asidua lectora de esta página.




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